viernes, 20 de abril de 2012

Lupita

A Lupita le gusta bailar
y sale por las tardes a vacilar
va con los skater al parque a fumar
se toma unos vinitos y se empieza a drogar
le gusta sentarse
le gusta dormirse
le gusta conversar sobre lo bello que es irse

Lupita vive sola desde hace un tiempo
no pesca a su papá porque es entero violento
su vieja se enteró de que le gustan las minas
y se puso a llorar a gritos en la cocina
Lupita ahora tiene
una nueva familia
formada por los cabros con que fuma en la esquina

Lupita tiene veinte años
y desde los doce que fuma caños
ya no le importa si es verde o paragua
la weá es estar volado toda la semana

Lupita tiene pena
por su puta vida y por el puto sistema
y aunque por dentro ella esté triste
cada vez que la veo me cuenta un chiste
Lupita sabe
que la vida es dura
por eso ella se dedica a la locura

martes, 3 de abril de 2012

Pasajero entrampado

Un hombre entró a la universidad tras sus últimas vacaciones, que fueron las últimas de ya varias que había tenido, regresando nuevamente a las aulas donde conoció a tantos amigos que para su tristeza hoy ya no están allí, pero siempre puede ver en las plazas, parques y calles, donde comparten juerga, canciones y vino durante la noche, pues no son esos solo colegas sino más bien nakamas, que partieron como meros compañeros que se sentaban en la banca del lado y al fondo del patio.

Otra vez entró a la universidad, otra vez de aspecto distinto a la última vez, que también difería en cuanto a apariencia a la vez anterior a esa vez. So pelo más largo, su cuerpo con nuevas marcas, rayas y heridas que evidenciaban el deterioro inevitable que se da con los años. Su mente también estaba distinta, las lecturas y experiencias acumuladas hacían de su pensamiento y filosofía mucho más nutridos en cuanto a las caricaturescas ilusiones ideológicas que traía en su gran cabeza cuando por primera vez hizo el recorrido desde su casa hasta el gris edificio de estudios.

Y otra vez escuchaba los mismos terrenos, otra vez se perdía en las mismas palabras. Nuevamente atrapado frente al pizarrón dentro de la aburrida sala blanca, tapizada en murmullos, miradas somníferas y el hipnótico blablá de los profesores que ya lo conocían, sabían quien era perfectamente pero evitaban hablarle, tal como a un viejo conocido desagradable que se te aparece de modo abrupto. Otra vez las mismas palabras, las mismas escaleras en espiral. Ya no había nada nuevo para oír, solo una intermitente aparición de repeticiones mudas, temáticas tristes y añejas, desempolvadas de bibliotecas viejas y conservadoras. Así continuaba el círculo y se urdían los nudos del caminar del hombre que regresó para regresar de nuevo mañana y pasado como los años pasados y el próximo, confundido y consternado por la circularidad de una senda que, comparada a la de los libros, poco tenía de escapatoria.